Recuerdos de mi inexistencia – Rebecca Solnit-.

«En aquellos años había también había escrito breves ensayos densos que eran líricos, personales, emotivos, metafóricos; en ellos experimentaba con la forma y el tono y vertía lo que aprendía de la poesía y la voz profética, hacía cuanto se suponía que no debía hacerse en la crítica y el periodismo, abría la puerta al asombro, la melancolía y la incertidumbre, y daba rienda suelta a las posibilidades del lenguaje».

Es precisamente esto lo que me gusta de Rebecca Solnit, lo que me hace conectar desde el principio con ella y su historia.
Este es el cuarto libro que leo y ha sido como uno de esos grandes paseos de los que habla en el libro. En estos recuerdos cuenta sus primeros pasos en la vida independiente, las dificultades para abrirse camino en el mundo de la escritura, los rechazos, menosprecios, los miedos, abusos y agresiones que vivió; también habla de su activismo, (ahora tengo mil ganas de leer ‘Savage dream’); cómo, poco a poco, fue rodeándose de personas que iban abriendo su mirada a un mundo más diverso y libre. Un mundo donde también había esperanza y cambio a mejor. Un mundo donde encajar.

Hay una parte del libro que me ha tocado la fibra por la similitud de la experiencia. Poner palabras a algo que ni siquiera podía nombrar en voz baja, verte reflejada en ciertos momentos, que no estás sola…🖤

«a nosotras no nos pasa nada; le pasa al sistema que nos avasalla y nos dice que somos inútiles e incompetentes, que no somos dignas de confianza y no valemos nada, que estamos equivocadas».

Las experiencias de Rebecca son una muestra más de lo que nos pasa a las mujeres desde que comenzamos a dar los primeros pasos en el mundo, de ese sobreesfuerzo para hacernos visibles y creíbles. Con los años he ido aprendiendo (aún sigo en ello), que no nos definen los ninguneos, ni los trabajos precarios, ni un título profesional, ni los rechazos, tampoco los cretinos con los que nos topamos o las agresiones que vivimos…, todo eso conforma nuestro ‘kintsugi’ particular, esas venitas de oro que nos reconstruyen, que llevamos con orgullo porque es nuestro mapa vital, ese que nos hace más fuertes, más honestas y más empáticas.
William Strafford dijo: «He tejido un paracaídas con todo lo que se ha roto», yo también ¿Y sabéis qué? Ahora ya puedo volar.

«Así pues, vagaba, exploraba y aprovechaba al máximo las invitaciones que me llegaban. Disponía de mucho tiempo libre y bullía de entusiasmo por los mundos, las conexiones y las ideas que se desplegaban ante mí. Añoro la capacidad que tenía de subirme a la camioneta y pasar un par de semanas en algún sitio, de tomar el camino más largo, de detenerme a explorar y no preocuparme demasiado por las obligaciones. Era libre.


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